Álvaro Iranzo

Estándar

Conocí a Álvaro Iranzo como se suelen conocer a las personas más interesantes y que de algún modo se quedan inmersos en tu universo: de casualidad.

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Buceando por aquí y por allá, vine a saber de un recital poético-erótico con guitarra incluida. Y allí que fui; hará cosa de un año, al lamentablemente desaparecido Ato Teatro.

Salí encantada: mucho por la combinación erótico-musical y más por las versiones y canciones originales de Álvaro. Después he vuelto a coincidir con él, ya que se prestó a cierta inauguración (que ahora no viene al caso) y, siempre que puedo, le leo.

Hoy os dejo el último relato que ha publicado en su blog, Al final de la barra hay sitio y con la noticia de que de nuevo, generosamente, Álvaro va a colaborar con Cazando Talento.

Estoy segura de que como a mí, os va a encantar ese estilo tan directo que le caracteriza.

Os mantendré informados …

Consciencia y realidad

 
              Soy consciente de que llegará el día en que todo esto se habrá ido a tomar por culo. Más tarde que pronto. Quizás cuando no nos lo esperemos. Quizás en el mejor momento. Pero mientras tanto. Mientras resistimos, habrá que aprovecharlo.
              Soy consciente de que llegará el momento en el que tendré que mirar para otro lado cuando tu teléfono suene de madrugada y tú te vayas a la cocina a responder. Sé que habrá un momento en el que me mentirás y dirás que estás con tus amigas cuando en realidad no es así, sino que habrás ido, yo que sé, a ese hotel de las afueras, discreto y económico, que una vez yo también frecuenté. Te atenderá aquel recepcionista gay que tanto se parece a Errol Flynn. Cogerás la llave de la habitación y te temblarán las manos. Subirás con él en el ascensor, os besaréis, él te sobara el culo como tantas veces lo hice yo. Llegaréis a la habitación y te quitará la ropa, saltará sobre ti, te morderá y follaréis y tu pensarás en mí y te sentirás culpable.
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              Soy consciente de que lo nuestro tiene fecha de caducidad, por eso mientras llega la tormenta, mientras llega ese maremoto que hará que se resquebrajen por enésima vez los cimientos de mis sueños. Antes de que huyas (o de que huya yo), antes de que llegue el tiempo de los reproches y las discusiones. Antes de todo voy a disfrutarte. Vamos a expropiar una botella de vino de cualquier supermercado y nos vamos a perder por los callejones del Sacromonte, nos vamos a sentar en un mirador de esos que muy poca gente conoce y nos la vamos a beber a morro, mientras La Alhambra nos mira y se muere de envidia. Voy a aprovecharte y vamos recorrer las calles de esta ciudad, parándonos en cada esquina a comernos la boca y los sueños. Vamos a meternos en cualquier portal y vamos a subir al último piso y allí, clandestina y secretamente, nos vamos a sentar en el último peldaño de las escaleras y voy a enterrar mis manos entre tus muslos. Voy a acariciarte por dentro despacio, sin dejar de mirarte a los ojos. Voy a morderte la boca, el lóbulo de la oreja, el cuello. Luego tú te vas a sentar a horcajadas sobre mí. Vas a mover tu cintura, trazando círculos imposibles, y yo voy a empujarte hacia arriba con las caderas para que notes bien como todo va creciendo.
           Soy consciente de que la pasión se acaba. Esto que ahora estamos viviendo sabemos bien que es mentira, que estamos distorsionando la realidad. Nos engañamos, haciéndonos creer que somos felices y nos perdonamos los defectos. Ahora no importa si yo fumo demasiado o si tú hablas a gritos; ahora da igual si yo dejo siempre la ropa tirada por el suelo o si tú te pasas las horas muertas pegada al teléfono cotilleando con tus amigas. Ahora, que llevamos tan poco tiempo juntos que todo nos sorprende, no nos vemos las miserias. O no queremos verlas. Pero llegará un momento en que empezarán a salir a flote. Habrá un momento en el que—igual que el mar, tarde o temprano, acaba devolviendo los cadáveres a la orilla— todo salga a flote. Que reluzcan nuestros defectos. Entonces será el momento de sentarnos frente a frente, sabiéndonos vencidos, y de sentir que ha llegado la hora del «tenemos que hablar». Y así, con una nueva cicatriz ardiéndonos en el pecho, volveremos otra vez, a encontrarnos cara a cara con la puta realidad.
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